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¡ BIOGRAFÍAS DE PERSONAS QUE EN SU MUERTE NO ESCUCHARON LA MARCHA FÚNEBRE !

TENNESSEE WILLIAMS / EL MEJOR DRAMATURGO DEL SIGLO XX



TENNESSEE WILLIAMS
Thomas Lanier Williams III era el nombre que sus compañeros de Universidad cambiaron por el de ‘Tennessee’, debido al acusado acento sureño que tenía de joven, y que el propio escritor asumió como pseudónimo. Había nacido en Columbus (Misisipi) el 26 de marzo de 1911, en la casa de una familia conflictiva que inspirará muchas de las situaciones y personajes de sus dramas. A la edad de 3 años, Williams se traslada a la vecina Clarksdale y cuatro años después, tras ser diagnosticado de difteria, emigra a St. Louis (Missouri). Es entonces cuando su madre le regala una vieja máquina de escribir, que será la mecha que alimente su pasión por las letras y dé rienda suelta a su actividad como escritor.



Primeros éxitos
Aunque a los 18 años ya había publicado algunos artículos y obras noveles, no fue hasta los 24 cuando llegó a ver interpretada su ‘Cairo, Shangay, Bombay’ . En 1939 se traslada a Nueva Orleans para dedicarse a escribir sus primeros éxitos y poco después marcha a Nueva York, donde se instala. En 1943 la Metro Goldwin Mayer le contrata para hacer una adaptación al cine de una novela suya, ‘El zoo de cristal’, que recibe en 1945 el premio de la Crítica Teatral de Nueva York.


Corre el año 1947 cuando Tennessee escribe el que probablemente sea su drama más popular, ‘Un tranvía llamado deseo’, con el que obtuvo el prestigioso premio Pulitzer un año después y que en 1952 fue llevado a la pantalla por Elia Kazan con el debut de un joven Marlon Brando. Cinco años después, en 1952, escribe La rosa tatuada’, que dedica a su compañero Frank Merlo.

Carne sobre la escena
Los cincuenta son la década dorada para nuestro dramaturgo, fruto de las adaptaciones cinematográficas de sus obras, que le catapultan a nivel internacional. ‘La gata sobre el tejado de zinc caliente’ será otro de sus dramas más conocidos y valorados por el público y también por la crítica, que llegó a concederle un nuevo Pulitzer en 1955. En esta, como en otras obras suyas, Tennessee habla de unos personajes atormentados, como el de la heroína loca, reflejo de su hermana Rose, de quien se sentía muy próximo, y que padecía una grave esquizofrenia paranoica que la recluyó gran parte de su vida en hospitales mentales. Tennessee siempre reprochó a sus padres que consintieran someterla a una operación de lobotomía, quedando profundamente afectado por ello, hasta el punto de conducirle al alcoholismo.
Estas circunstancias familiares también quedaron reflejadas en otros de sus dramas, como ‘De repende el último verano’ (1958) donde reproduce el intento de una tia por lobotomizar a su sobrina para que no descubra los secretos inconfesables de su hijo. Igualmente, se cree que la Blanche Dubois de ‘Un tranvía llamado deseo’ y la Laura Wingfield de ‘El zoo de cristal’ son el vivo reflejo de la personalidad de su desquiciada hermana, por la que sentía verdadera adoración.



Su sexualidad
La homosexualidad fue una de las constantes presentes en su obra. No podía ser de otra manera, teniendo en cuenta los sentimientos y la trayectoria vital de Tennessee Williams. Una parte nada desdeñable de su obra es autobiográfica y en ella refleja sus gozos y zozobras –más de éstas últimas que de los primeros– sobre su pasión por los hombres. Incluso muchos de sus personajes son en gran medida versiones sobre la realidad vivida por el autor, como ocurre con el Tom Wingfield de ‘El zoo de cristal’ o el Sebastian de ‘De repente el último verano’.


En sus ‘Memorias’ (1975) Williams narra sus relaciones homosexuales en la madurez de la vida y en ‘The Parade of Approaching the End of Summer’, escrita a los 29 años y poco conocida en nuestro país, retrata una relación amorosa personal mantenida de joven con un hombre en Provincetown (Massachusetts). El largo romance que mantuvo con su secretario, Frank Merlo, duró hasta que este murió víctima de un cáncer de pulmón en 1947. A partir de entonces, Tennessee cayó en una enorme depresión de diez años y en el alcoholismo, que le acompañaría el resto de su vida.


No se trata de los ruiseñores
‘No se trata de los ruiseñores’ es otra obra suya menos conocida que toca en todo su dramatismo el tema de la homosexualidad masculina carcelaria. Aunque fue escrita en el año 1938, nunca llegó a representarse, tal vez porque su argumento era demasiado fuerte para el público de aquellos días y de las décadas sucesivas. Su estreno en Londres, en el año 1998, fue fruto del interés de la actriz Vanessa Redgrave por darlo a conocer al gran público. Su director escénico, Trevor Nunn, llegó a calificar el drama de angustioso y redondo.
En la novela ‘Moise o el mundo de la razón’ (1975) Tennessee también da rienda suelta a su universo personal como autor y como hombre. Un escritor mediocre nos habla en primera persona, ofreciéndonos no pocos guiños autobiográficos: una madre posesiva, el amor homosexual, la aventura en busca de la fama y el miedo a la soledad y la vejez. Por último, en otra faceta suya menos conocida, Williams también quiso dejarnos su poesía preñada de intimismo y crudeza. Así, las vivencias homoeróticas de nuestro autor salpican toda la colección de poemas a la que denominó ‘Androgyne, moun amour’ (1977).


Entre bambalinas y celuloide

La íntima relación existente entre la obra de Tennessee Williams y el cine es bien conocida por todos, a pesar de que durante más de dos décadas en Broadway llegó a estrenarse casi una obra de teatro suya por año, un récord no superado hasta hoy. Las adaptaciones y revisiones cinematográficas de sus dramas captaron la atención de directores de la talla de John Huston, Elia Kazan, Daniel Mann o Joseph L. Mankiewicz, y reflejaron un mundo sórdido plagado de personajes que identificamos con monstruos del celuloide como Anna Magnani, Vivian Leigh, Liz Taylor, Katherine Hepburn, Ava Gardner, Deborah Kerr, Marlon Brando, Paul Newman, Montgomery Cliff, Richard Burton, Warren Beatty o Burt Lancaster.

Tennessee fue en realidad un poeta de las pasiones humanas. Sus obras reivindican toda una fauna de inadaptados sociales y transgresores, los desamparados del mundo, en definitiva, estableciendo un diálogo asfixiante aunque revelador entre el individuo marginado, en permanente rebeldía, y la sociedad que lo aplasta y envilece. Arquetipos tales como la heroína atormentada, el macho dominante, el artista sensible, el hombre que quiere comerse el mundo, la madre protectora, el perdedor nato o el aristócrata consumido en su propia decadencia, componen un universo personal y reivindicativo de su enorme talla como autor dramático.



Poeta de la decadencia
La etapa dorada de los años 50 dio paso a un periodo de menor actividad literaria para Tennessee Williams, quien, no obstante, aún dio algunos frutos que hoy podemos reconocer y degustar. Tras la muerte de su querido Jack Merlo, la inspiración del escritor conoce un lento declinar que se caracteriza por su constante afán revisionista que persigue recuperar el pulso de anteriores éxitos, sin conseguirlo plenamente. Este hecho va sumiéndole en un estado de declive personal irrecuperable, rodeado de drogas y de alcohol.


La muerte le llegó a los 71 años y poco tuvo que ver con los fatales desenlaces de sus obras, aunque no por ello dejó de estar exenta de ciertos resabios entre lo absurdo y lo dramático. Al parecer, Tennessee Williams se atragantó con la tapa de un bote de pastillas, que le produjo la asfixia, mientras se encontraba solo en la habitación de un hotel. Triste final para aquel que ha sido, es y probablemente seguirá siendo, con mucho, el autor de dramas más universal de todo el siglo XX.


Jóvenes noctámbulos
lucen tejanos pegados a las ingles y los muslos,
gozando en Union Square,
allí donde los yonquis esparcen flores,
perdidos en sus sueños, el torso descubierto,
jóvenes como tú, viejos como yo…
lanzan un grito… silenciosamente.
(Del poema ‘Cruissing’, en Androgyne, mon amour)
Fuente